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Nunca seré más joven que ese día

La verdad es que me estoy haciendo viejo. Ya sé, tengo 29 y estoy  de dramático. Pero hoy lo vi con claridad. Fui a la Hemeroteca Nacional y llené una de las boletas para pedir ejemplares de revistas. Los rangos de edad hablaban por sí solos: 18-20, 21-29 y 30 o más años. Como si después de los 30 ya nada importara. Adiós. A cumplir por destajo. Taché la casilla de 21-29 aferrándome a mis últimos meses antes de los “tas” y me olvidé del asunto… Por un rato.

Yo funciono con música. En las mañanas necesito café y música para arrancar, o me desvielo como auto sin aceite. Un mal café en la mañana debería ser un argumento suficiente para llamar al trabajo y decir “no puedo ir, tomé un café asqueroso, no puedo salir de casa”. Y que el jefe dijera: “te entiendo, quédate hasta que te repongas”. Pero ese es otro asunto. No sé porque hoy volví a los álbumes Revés y Cuatro Caminos de Café Tacvba. Los que más me gustan. Nunca he sido un gran fan. Re y Avalancha de éxitos pasaron de noche para mí. Yo, en esa época, era “dark” y al-ter-na-ti-vo. Y los de Satélite eran muy mainstream para mí gusto. Ja. Cosas de adolescentes. Esa inmadurez que nos hacen sentir que sabemos todo. TODO.

¿A dónde voy? La música me hizo recordar la primavera de 1998. Era un sábado. Cuando el Gobierno del DF hacía el Festival del Centro Histórico. Y ahí estaba yo, en la Plaza de Santo Domingo. Con mis pantalones aguados y mi playera grande. Santa Sabina se presentaba y ¡gratis! Por si no lo saben (dudo que alguien a esta altura no lo sepa) ese grupo es una de mis obsesiones en la vida. Los amo, amé y amaré. Son “mi” banda. Hubo un tiempo en que iba a todos sus conciertos. Los perseguía. Un fan from hell por completo. Pero nunca, nunca pasé a acercarme más allá de verlos o un autógrafo, que para mí significaba romper el encanto. Yo sí creo que debe existir esa distancia, el foso, entre el artista y el público. Es curioso, porque con Elena Garro -mi otra obsesión- lo quise absorber todo. Tal vez porque ya estaba muerta y los sabinos estaban vivos.

Tenía 14 años y llegué caminando, despacio, cauteloso. ¿La razón? Unos días antes me acababan de hacer una cirugía en los pies. No sé por qué razón en a prepa sufrí de uñas enterradas. Hasta que un día mi papá me llevó al doctor y me las quitaron por completo para que, según, nacieran de forma adecuada. Las inyecciones de anestesia eran horribles: debajo de la uña, en la base del dedo, a los lados de la uña, en el espacio que se forma con el dedo subsecuente. Cada piquete eran como descargas eléctricas. La cirugía incluyó que me pusieran puntos en la parte donde va la cutícula. Una en cada lado. Cuatro puntos. Una chinga.

Y así me fui al concierto. Con curaciones y todo. Obvio no le dije a mi mamá. Inventé que iba a algo de la escuela. Y salté y canté. Ahí estaba Rita. Tan perfecta. Tan soberbia. Y entonces ocurrió. Todo iba bien hasta que tocaron Chicles. Sí, esa estúpida canción de 1:43 minutos. Yo cantaba y “bailaba” pero el tipo de adelante saltó. Lo veo en cámara lenta aún: se va elevando, Rita canta “oye tía-tía-tía-tía” y sus pies caen encima de los míos y yo siento como mis dedos revientan. Siento como la sangre moja mis calcetas y la planta de los pies. No me muevo. La música ha perdido el volumen. Sólo puedo oír el dolor de mis dedos. Y lloro. Me muerdo los labios. Contengo un alarido. Soy un imbécil. Después tocaron Azul casi morado (como siempre hicieron, algo frustrante porque nunca cambiaron sus cierres), pero yo ya no estoy en el concierto. Sólo pienso que le diré a mi mamá.

No recuerdo cómo llegué a casa. Pero sí las dos enormes cuadras que debía caminar de dónde me dejaba el camión y cómo sufrí. Caminaba sobre los talones. Entré a casa, fingí que todo estaba bien y fui al baño. Me quité los tenis. Las calcetas están rojas y húmedas. Las quito con lentitud. Cierro los ojos. No me atrevo a ver. Cuando me decido la imagen es evidente: los cuatro puntos se rompieron y mi piel está abierta. Los quito con cuidado y me lavo. Me hago curaciones con torpeza y no digo nada. Es mejor quedarme callado. Quince días después, el doctor me revisa y dice que mis uñas han cicatrizado perfecto. Nada ha ocurrido. Es un secreto entre mis dedos y yo.

Catorce años y medio después, pienso: creo que nunca seré más joven que ese día. Santa Sabina me hizo bailar hasta sangrar. Fui tan feliz. Tan alegre. Tan irresponsable.

Tan imbécil.

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Feminicidio, ese concepto tan desprestigiado e incomprendido. Esos pinches medios…

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Izquierda moderna: efigie de Lenin en el PT-DF

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"Una de las características del producto de consumo es que divierte, no revelándonos algo nuevo, sino repitiéndonos lo que ya sabíamos, que esperábamos ansiosamente oír repetir, y que nos divierte"

— Apocalípticos e Integrados, de Umberto Eco

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"Así, las normas [que protegen, de forma absoluta, la vida desde el momento de la concepción] atentan contra la dignidad de las mujeres, ya que la contemplan como un instrumento reproductivo, lo que sirve a un estereotipo negativo de género, a saber: el rol social apropiado y destino natural de las mujeres es ser madres, con independencia de su capacidad para forjar sus propias identidades y dirigir sus vidas, en ejercicio de su autonomía y libertad. Ese estereotipo de género, al degradarlas a un determinado rol e imponerles una carga desproporcionada, es incompatible no sólo con la dignidad de las mujeres (en especial de las que no desean procrear), sino también con sus derechos individuales y libertades fundamentales, concretamente su libertad reproductiva, protegida constitucional y convencionalmente."

— El proyecto del Ministro Franco sobre la acción de inconstitucionalidad 62/2009, 2011. Ésto es lo que debe hacer una Suprema Corte <3 (via samnbk)

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"Cuando un periódico o una radiodifusora emiten una noticia construida a partir de solicitudes de información, las controversias, los documentos obtenidos gracias a los mecanismos del acceso, el grueso de la población entiende y aprehende la importancia de la transparencia, de sus instrumentos, su estructura, y sus instituciones. Los medios ya no acceden a filtraciones, sino a documentación que está certificada por la propia autoridad. Y nada, nada resulta más pedagógico, nada crea más ‘cultura’ de transparencia que un buen reportaje, un buen caso, edificado a partir de la obtención legal de los documentos oficiales."

— Medios de comunicación y la función de la transparencia. IFAI. Cuadernos de transparencia 11.

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Esto es homoparentalidad

(via samnbk)

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Apenas me doy una vuelta por aquí. Mucho por pensar y (obvio) escribir. Mientras tanto les dejo este video sobre the journalism.

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I’m only in it for the money

Si cuestionas, eres chayotero. Si no cuestionas, eres chayotero. Ese es uno de los eternos dilemas de ser reporter@. ¿A razón de qué escribo esto? Obvio: me llamaron chayotero. A ese adjetivo se sumaron otros como amargado y ardido. Pero más allá de la patética anécdota (relacionada a un diputado local y su séquito), me interesa dar algunas impresiones sobre ese terminajo y lo que me produce. 

Me parece que llamar chayotero a un periodista es un lugar común, un recurso barato y un prejuicio. No estoy haciendo una defensa de quienes, por diversas circunstancias, deciden comprometer su integridad periodística por diferentes favores (personales, económicos, materiales o laborales). Para nada. Pero creo que haciendo un ejercicio de autocrítica, los reporteros somos más susceptibles a cometer diversos errores profesionales antes que recibir chayo: somos imprecisos, boletineros, malos investigadores, amarillistas, tendenciosos, capaces de sacar de contexto la información, perezosos (o con una carga de trabajo imposible), copiones, y un larguísimo etcétera. Todos, en menor o mayor medida, hemos cometido alguna de estas acciones. Pero son acciones que, a mi juicio, poco o nada tienen que ver con un acto de corrupción como es recibir dinero, pero que sin duda hablan de un pésimo y cuestionable desempeño profesional, y que inevitablemente abren la puerta para considerar que la parcial presentación de cierta información está a favor de cierto personaje o grupo político.

El día que los críticos de la prensa comiencen a usar este tipo de elementos para juzgar el trabajo periodístico, no como una agresión, sino como señalamientos para mejorar la calidad del trabajo, entonces estaremos hablando en serio y de un cambio en la relación sociedad-prensa. Decir “tod@s l@s reporter@s son chayoter@s” es un prejuicio tan estúpido como decir que “todas las mujeres son putas”, “todos los gays tienen VIH” o “todos los mexicanos son wevones”. Usar ese concepto como un insulto “universal” para l@s reporter@s, como si fuera el único calificativo posible, sólo habla del poco conocimiento de la actividad periodística que tiene quien lo emite, pues únicamente se repite un lugar común, una idea trillada y que, siendo justos, debería ir acompañada de pruebas. 

Cuando un político, un actor social o un ciudadano señale las malas prácticas periodísticas al reportero y al medio, entonces habrá diálogo, retroalimentación y el inicio de un proceso para mejorar el trabajo periodístico y elevar su calidad. Personalmente, me ayuda y agradezco más que un político, ciudadano o activista me diga que pasé por alto algún documento o que olvidé consultar una fuente, pues me ayuda a reconocer que la información que publiqué fue imprecisa o que puedo ahondar más, a que de buenas a primeras me insulten diciendo que recibí un fajo de billetes. Porque sí, para mí sí es una ofensa y no estoy dispuesto a cargar con un prejuicio barato. 

Pero el asunto del chayo no sólo queda en cuestiones monetarias. En los últimos meses he llegado a algunas conclusiones personales sobre las relaciones que uno va estableciendo en el trabajo periodístico y las lecturas y telones que hay detrás.

Hace algunos meses, tuve una anécdota con una amiga que ahora trabaja con una diputada local. Mientras comíamos y tomábamos el café como solemos hacerlo, yo señalé algunas impresiones sobre el trabajo de la legisladora y algunas contradicciones en sus decisiones públicas que, a mi juicio, estaba cometido. La respuesta de mi amiga a mis comentarios fue bastante patética: “¿te cae mal, verdad?”. Fue patética porque, en lo personal, no esperaba una respuesta tan vacía y escueta de alguien que quiero y admiro. Lo único que pude pensar y contestar fue: No es que me caiga mal, pero ¿por qué me habría de caer bien?

Pensar que si publicas algo que cuestiona o “pega” a algún político o funcionario está sujeto a si te cae bien o mal, me parece reducir el trabajo periodístico a chismógrafo de la secundaria. Creo que, en términos prácticos, si alguien está en un cargo público o recibe recursos públicos, la obligación del reportero es cuestionarlo. Porque así debe ser y punto.

El problema que persiste en el DF, es que el partido en el Gobierno y con mayoría en la ALDF asume de facto que son los buenos. De tal modo que si uno los cuestiona o critica su actuación, automáticamente ya pertenece a los malos o a la oposición (o recibe dinero de la oposición, peor aún). (Ya perdí la cuenta de las veces que me han llamado panista). Cuando, reitero, por el sólo hecho de estar en el poder o siendo mayoría política, es nuestra obligación cuestionarlos y vigilar sus actos. Porque, lo siento mucho, el PRI en el Estado de México también considera que ellos son los buenos por ser mayoría y tener el respaldo del voto, así que la lógica de blanco y negro, malos y buenos, Us & Them, pues no aplica. Uno puede tener una postura ante ciertos temas, pero eso no implica una mlitancia. Cuando se abran a la crítica, sin conspiraciones partidistas, entonces estaremos hablando en serio.

Después de leer todo esto, ya entenderán el irónico título del post. En realidad es el nombre de un álbum del grandioso Frank Zappa, aquél en el que parodia la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles. Aplica a la perfección: Sólo estoy en esto por el dinero. Claro.